lunes, 24 de enero de 2011

Crónicas sobre ruedas

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Tengo adicción a la carretera. Correr veloz por el asfalto, de aquí para allá, dirigiéndome siempre a algún lugar con algún propósito concreto (eso sí). Regresar sólo porque no me quedan más narices pero disfrutando del camino. Me gusta planear mis viajes, llevar lo necesario, que sean confortables. Música, un libro, un libreta para apuntar pensamientos, algo sobre lo que apoyarme si me entra el sueño. Ni por raíles ni por el aire: sobre todo me gusta viajar por carretera. Un vehículo motorizado de cuatro ruedas y tirar millas. Ver pasar las montañas, los prados, los pueblos, las casas, las líneas blancas de la autopista, las vacas que pastan y los pájaros que vuelan. Sentirme sola, independiente, desprendida. Un nuevo estado al que he de acostumbrarme.

miércoles, 19 de enero de 2011

Mi luto es un carnaval

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¿Qué hemos hecho tan mal, en qué hemos fracasado? Al fin y al cabo seguimos el protocolo. No cometimos errores, hicimos todo lo que se suponía que debía hacerse y derrochamos cuanto albergábamos en el alma. ¿Quizás fue eso? ¿Quizás nos hipotecamos estando en bancarrota? ¿Creímos tener un crédito del que no disponíamos, o que hacía tiempo que se había agotado? Sigue asombrándome esta naturalidad nuestra asumiendo la derrota, la entereza con la que hacemos borrón y cuenta nueva, la falta de escrúpulos hacia el pasado. Estas sonrisas en nuestros rostros, falsas, histriónicas, cosidas a la carne con agujas invisibles pero no por ello menos dolorosas, estas sonrisas me aterran, por mucho que yo luego, por las noches, cuando nadie me ve, llore y me desgarre. Admiro y repudio por igual el como hemos conseguido silenciar las emociones y restarles importancia, bajar las miradas y dirigirlas hacia otro lado . Quizás yo, incluso ahora, cuando nos hallamos en este precipicio ante la nada, siga haciendo las cosas a tu manera, empleando la razón, ahora que ya no importa y que nadie me lo va a tener en cuenta. Puede que sea porque, aunque en silencio, mi alma esté gritando que todavía tiene mucho de tuya y que todo lo que ha aprendido de ti ya no lo va a ignorar.

martes, 18 de enero de 2011

Hijos del diablo

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-[...] Primero, somos camaradas, somos personas que esperan llegar a ser amigos, porque nos hemos conocido mutuamente. Ahora queremos los dos aprender el uno del otro y jugar uno con otro. Yo te enseño mi pequeño teatro, te enseño a bailar y a ser un poquito alegre y tonto, y tú me enseñas tus ideas y algo de tu ciencia.

-Ah, Armanda, en eso no hay mucho que enseñar; tú sabes muchísimo más que yo. ¡Qué persona tan extraordinaria eres, muchacha! En todo me comprendes y te me adelantas. ¿Soy yo, acaso, algo para ti? ¿No te resulto aburrido?

Ella miraba al suelo con la vista nublada.

-Así no me gusta oírte. Piensa en la noche en que maltrecho y desesperado, saliendo de tu tormento y de tu soledad, te interpusiste en mi camino y te hiciste mi compañero. ¿Por qué crees tú, pues, que pude entonces conocerte y comprenderte?


-¿Por qué, Armanda? ¡Dímelo!

-Porque yo soy como tú. Porque estoy precisamente tan sola como tú y como tú no puedo amar ni tomar en serio a la vida ni a las personas ni a mi misma. Siempre hay alguna de esas personas que pide a la vida lo más elevado y a quien no puede satisfacer la insulsez y rudeza del ambiente.

-¡Tú, tú! -exclamé hondamente admirado-. Te comprendo, camarada: nadie te comprende como yo. Y sin embargo, eres para mí un enigma. Tú te las arreglas con la vida jugando, tienes esa maravillosa consideración ante las cosas y los goces minúsculos, eres una artista de la vida. ¿Cómo puedes sufrir con el mundo? ¿Cómo puedes desesperar?

-No desespero, Harry. Pero sufrir por la vida, oh, sí; en eso tengo experiencia. Tú te asombras de que yo soy feliz porque sé bailar y me arreglo tan perfectamente en la superficie de la vida. Y yo, amigo mío, me admiro de que tú estés tan desengañado del mundo, hallándote en tu elemento precisamente en las cosas más bellas y profundas, en el espíritu, en el arte, en el pensamiento. Por eso nos hemos atraído mutuamente, por eso somos hermanos. Yo te enseñaré a bailar y a jugar y a sonreír y a no estar contento, sin embargo. Y aprenderé de ti a pensar y a saber y a no estar satisfecha, a pesar de todo. ¿Sabes que los dos somos hijos del diablo?

Hermann Hesse, El lobo estepario.

sábado, 15 de enero de 2011

Salitre y luz

Después de meses, he revelado un carrete en blanco y negro que saqué durante el verano en Sanxenxo. La calidad del escaneado que me han hecho en el laboratorio es simplemente terrible, lleno de pelos y suciedad, y eso que he pagado 12€ solo por el paso a digital de los negativos. En cualquier caso, hay imágenes que me gustan mucho y que me evocan esos días en la costa con un realismo que me asusta. Aquí van algunas.

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Y sí, lo sé, siempre fotografío gatos y perros. Forman parte de mi vida.

lunes, 3 de enero de 2011

Emma

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"No sirve de nada intentar decir lo que yo sentía. A ella le costó mucho decir lo que tanto deseaba expresar y le resultó difícil, pero allí estaba mirándome directamente a los ojos y yo a los suyos, más tiempo del que parecía posible soportar. Yo habría hecho cualquier cosa por ella (supongo que esto es siempre característico del acceso del amor más fuerte que se puede sentir: piedad y el deseo de morir por una persona, porque no hay nada que podamos hacer por ella que sea en absoluto comparable con nuestro amor), y lo único que podría hacer, lo máximo, por esta muchacha que pronto saldría de mi existencia para entrar en la suya, desesperada, lo máximo que podía hacer era no demostrarle que la apreciaba y me importaba lo que decía, ni indicar el bien que deseaba poder hacerle y del que era totalmente incapaz. Sentía tal ternura y gratitud hacia ella que, mientras hablaba, quería con mucha fuerza, con algo más firme que un "impulso", tomar a cambio su gran cuerpo en mis brazos y echar hacia atrás el pelo húmedo de su frente y besarla, consolarla y protegerla como a una niña, y juro que tanto ahora como entonces casi creo que en aquel momento lo habría comprendido tan bien y aceptado con tanta calma y pureza, que ahora, como entonces, sólo deseo haberlo hecho; pero en su lugar todo lo que hice fue quedarme ante ella y seguir mirándola a los ojos (haciéndole por lo menos el honor de saber que ella no quería esta clase de alivio), y, procurando que las lágrimas no bañaran mis mejillas, sonreírle y decir que no había nada en toda mi vida que me hubiese gustado tanto oír e inspirado en mí más agradecimiento (y creo que así es)".

James Agee, Elogiemos ahora a hombres famosos.

domingo, 2 de enero de 2011

Lo inevitable


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Cementerio de San Francisco, Ourense.