martes, 29 de marzo de 2011

Una temporada en el infierno

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Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían, en el que vinos de todas las clases fluían sin cesar.
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
Me armé contra la justicia.
Y huí. ¡Oh brujas, oh misería, oh saña: sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro!
Conseguí disipar de mi espíritu todo resto de humana esperanza. Sobre toda alegría, realicé el salto sigiloso de la fiera.
Llamé a los verdugos para así morir mordiendo la culata de sus fusiles. Llamé a las plagas para así poder ahogarme en la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. El aire del crimen me secó. Se la jugué a la locura.
Y la primavera me dio la risa horrenda del idiota.
Pero, recientemente, cuando ya estaba a punto de estirar la pata, decidí buscar la llave que me abriera las llaves del antiguo festín, en el que, quizás, recobraría el apetito.
La caridad es esa llave. ¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!
"Siempre serás una hiena, etc...", exclama el demonio que me coronó con tan amables adormideras. "Bien, gánate a pulso la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales."
¡Bueno! Ya he tenido bastante: -Pero, querido Satanás, se lo ruego, ¡no se irrite tanto! A la espera de esas pequeñas bajezas que no acaban de llegar, arranco, para ud. que ama en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas hojas repelentes de mi libreta de condenado.

Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno.

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