miércoles, 15 de septiembre de 2010

Bajo el sol de agosto

En estos días en los que mi vida se encuentra carente de rumbo, me tumbo en mi cama encerrada en mi habitación. Por las noches este es el lugar más silencioso del mundo. No se escucha ni el más leve sonido, sólo quizás, muy de vez en cuando, el ruído de un motor muy lejano y fugaz. Puede que normalmente no sea consciente de ello, pero, cuando aguzo mis oídos y nada llega a ellos, una sensación opresiva me invade y descubro como el mecanismo de mi mente se acelera y no hay nada que pueda pararlo. Sin embargo, a pesar del silencio, a pesar de que mis ideas se desbordan incontrolablemente y ese es el único signo de vida aquí dentro, no me siento sola. La soledad no me roza ni remotamente.
Recuerdo perfectamente la última vez que me sentí sola de verdad. Fue la última vez que estuve en la playa, hace relativamente poco. Había ido con mi padre y con mi hermana y ellos decidieron dar un paseo por la orilla. Yo me quedé sentada en la toalla, bajo la sombrilla, con el vestido todavía puesto y tapando mi pecho con la camisa de papá, porque tenía un frío inmenso, un frío que recorría todo mi cuerpo, que me helaba y me calaba, a pesar de que estaba bajo el sol de agosto. Y allí, rodeada de gente, acorralada por sus conversaciones, en un instante muy preciso fui punzantemente consciente de que me sentía completamente sola. Miraba al mar, tan gigantesco, buscaba con la mirada a mi padre y a mi hermana, como buscar una aguja en un pajar, luego observaba la piel erizada de mis rodillas, enterraba los pies en la arena, y me abrazaba a mi misma con fuerza, con la camisa abierta sobre mí, envuelta en el olor de mi padre. Y estaba en esencia tan sola, tan sola, que podría decirse que nada de lo que había a mi alrededor era real, que nada a mi alrededor existía, salvo el frío adherido a mi piel y la arena sobre la que estaba sentada, invadiendo los huecos entre los dedos de mis pies. Poco más tarde llegaron mis parientes de su paseo y la sensación tardó en abandonarme. Recogimos nuestras cosas y nos fuimos. Por el camino recuerdo que tiré un par de fotos a la carpa de un circo instalada cerca de la playa. Aquello me hizo sentir todavía más sola. Pero de una forma u otra, lenta y densamente, la sensación desapareció. Y no he vuelto a sentirme así desde entonces.
Y me resulta muy curioso que ahora, estándo aquí enclaustrada, no experimente ni el más remoto parecido con esa sensación que padecí en la playa. Aquí donde no existe nada más salvo mis pensamientos, donde no hago más que reflexionar sobre cosas que ya han pasado, sobre otras que van a pasar o sobre otras que quiero que pasen. Aquí donde lo único que puedo hacer es leer las palabras escritas por otros, creemelas, grabarlas en mi mente, sentirlas como experiencias propias, hacerlas mías. Aquí donde sólo existo yo. Donde el tiempo es una cosa viscosa que camina despacio y parece deslizarse adelante y atrás según su voluntad. Aquí, definitivamente, caprichosamente, no me siento sola.
Y al pensarlo, me asombro.

campo

martes, 7 de septiembre de 2010

Un claro en el bosque

¿Que dónde me he metido todo este tiempo? Como ya dije en su momento, estuve en Sanxenxo trabajando. De modo que ahora tengo un colchón económico al que aferrarme en mi estancia en Londres, a donde me iré un mes a partir del día 18. Del trabajo en la costa no hay mucho que decir, tengo las cervicales hechas un asco pero gané dinero y estuve con mis amigos, que es lo que cuenta.

Respecto a la fotografía (lo realmente interesante) es probable que pronto pueda adelantaros novedades, pero prefiero no hacerlo por el momento debido a que soy bastante supersticiosa con eso de hablar más de la cuenta. Pero no puedo quejarme, todo pinta estupendamente en el horizonte, los proyectos siguen en camino, las ganas intactas y las posibilidades nunca fueron tan tangibles. Ahora sólo queda esperar y confiar en la providencia.

arbol

Septiembre siempre trae buenas noticias y purifica la ponzoña veraniega, ¿verdad?.