miércoles, 4 de noviembre de 2009

Tiago el Gato

tiago_y_yo

Tiago fue para para mí como un bebé que alguien anónimo y sin escrúpulos deja en la puerta de tu casa metidito en una cesta. Y también fue exactamente lo que necesitaba en el día tormentoso en el que me lo encontré. Él me ayudó mucho más de lo que su pequeña cabecita jamás hubiese podido imaginar. Quizás fuese él el que creyese estar en deuda conmigo, el que me debía algo. Pero la realidad es que soy yo la que le tiene que estar eternamente agradecida.
Aquí en Lisboa lo cierto es que la vida tiene sus altibajos, quizás sea sólo para mí, recordemos después de todo que tengo cierta tendencia a tener el ánimo melancólico y a ver el lado negativo de las cosas. Lisboa tiene muchas cosas buenas, estoy segura, pero hasta ahora yo he descubierto pocas. No es que no me guste estar aquí, es una ciudad como cualquier otra para vivir, mejor que Ourense en muchos sentidos, peor en otros tantos. Pero sobre todo le falta una cosa: mi gente. Mi familia, mis amigos, Daniel. Nunca creí que iba a echar tanto de menos tantas cosas en tan poco tiempo. Amigos, soy una sensiblona.
Lo cierto es que tenía un día especialmente malo cuando decidí salir a dar un paseo, mi cámara de fotos y yo. El parque Eduardo VII no tiene nada de especial, y no pude evitar compararlo con el Retiro, un lugar en el que sí me gusta perderme. Marchándome ya del parque, escuché unos maullidos. Era un gatito extremedamente pequeño y aparentemente enfermo que se tambaleaba dentro de una propiedad privada en un más que probable estado de abandono. Lo vi a través de la verja, impotente durante minutos, incapaz de acceder de a él. Pero cuando reanudé mi marcha pude ver que la verja estaba abierta por otro extremo, que aquella finca era una universidad (ya se sabe que los lisboetas no se preocupan demasiado de rehabilitar absolutamente nada), y que aquel gatito tan dócil cambía dentro mi bolso. Y así me lo llevé a casa.
Intenté buscarle un hogar durante una semana por Lisboa, por España, por el mundo entero. Pero nadie quería un gatito. Ni siquiera en mi casa, donde ya hay uno bastante grande y peleón. Por supuesto, el cogerle cariño fue inevitable. Al segundo día, después de lavarlo, alimentarlo, curarlo y acariciarlo profusamente, ya parecía que llevaba una eternidad conmigo y que estaría conmigo el resto de su vida de gato. Pero no podía ser. Yo no podía quedármelo, y cuanto antes lo asumiera mejor para él y para mí.
Finalmente encontré un lugar para él, una familia amiga de la de Daniel lo quería. Ella era enfermera y él veterinario, ¿qué más podía pedirse? Cuando Dani vino a visitarme hace ya casi dos semana se lo llevó. Y sentí como se iba un amigo de verdad, el único incondicional que he tenido en Lisboa, el que más alegría sentía al verme cada día y el que más demandaba mi cariño. A pesar de todo, me alegré de que una familia lo acogiese, creí que su vida sería larga y buena, con un lugar cálido donde dormir y un plato de comida siempre lleno.
Tiago murió hace 2 días. Enfermó y descubrieron que no había nacido exactamente como todos los gatitos. Su cuerpo no era perfecto, era más pequeño de lo normal y quizás por ello me lo encontré solo, abandonado por su madre. Yo nunca noté nada. No encontré motivos de alarma en su barriga abultada, propia de los bebés, y lo activo y fuerte que desmostraba ser nunca me dio preocupaciones. Pero fueran cuales fueran los motivos, lo cierto es que él ya no está aquí. Se fue, y perdí un amigo. Un amigo con el que había establecido un vínculo fuertísimo de amor y comprensión.
Puede que fuese Lisboa la que me hizo quererlo así, puede que fuesen las fachadas desvencijadas, los fados tristes que se escucha salir de los locales, los pobres y miserables de todas condiciones que piden por las calles, la casa vieja y agrietada en la que vivo en la vetusta Rua Augusta. Puede que fuese que necesitaba un amigo, alguien que se alegrase cada vez que yo llegaba a casa, alguien a quien abrazar, tocar, sentir. Y mucho mejor si no era un humano.
Es por eso que digo que la que está en deuda soy yo, no él. Ahora ya no puedo hacer nada para recompensárselo. Todavía creo que lo voy a ver salir de detrás de la estantería cuando entro en mi habitación, y me gusta pensar que va a ser así. Ha valido la pena haber venido a Lisboa por haberlo conocido. Sentir eso es lo más que puedo hacer por él ahora que se ha ido. Y de una forma que jamás comprenderé, estoy segura de que él lo sabe y que esté donde esté su alma de gato se alegra de ello.

5 comentarios:

Repulsivelife dijo...

que penita jo ..era precioso

adoro la foto

VanessaValkyria dijo...

:( jo, como he llorado.
No ahce mcuho yo también perdí al minino con el que había compartido muchos años y leugo, al buscar otro pequeñito para intentar animarme (por muchos gatos que se tengan todos son distintos e inolvidables)s e me murió al día siguiente proque al aprecer, como en tu caso, no estaba todo lo bien que parecía.

Hace una semana llegó una siamesa a casa, con mes y medio y te juro que cada día que pasa tengo miedo de ahcer algo mal, de no estar pendiente de ella y que se me muera :(

Porque como tú dices, que de cariño se les tiene en tan poco tiempo :(

Alp Delacroix dijo...

¡Lo siento Alejandra!

Yo, llevando dos años en Madrid, no hay día que no eche de menos a mi gente de allá a pesar de que ya no tengo la sensación de soledad de los primeros meses. Es una ciudad que me llena y que me encanta perderme por sus calles... pero falta todo lo que aprecio de Vigo y de Galicia.

¡Ánimo!

Kaoru Himura-Takarai dijo...

No suelo pasar mucho por aquí, pero... he caído de casualidad y me has hecho llorar un buen rato con el texto.
Tiago era precioso, y seguro que, donde esté, no se olvidará de quien le dio el cariño que él, seguramente, también necesitaba.

Amanda D. dijo...

Jo ... se me calleron 2 lagrimones :(
piensa que le diste unos ultimos días geniales Ale , que no murió solo ... como hacen muchos animalitos abandonados como el :(

:****