miércoles, 11 de febrero de 2009

Un sueño

Transición, fundido al negro. Despertar de pronto, tras unos segundos de inconsciencia. Reconocer el nuevo mundo que se extiende ante los ojos. De pronto, un pub de dos plantas, estilo irlandés. Construido en madera, luz naranja, humo flotando sobre las cabezas. Gente bebiendo, silenciosa, en la barra. El jukebox emite un blues comedido que no conozco. Personas elegantes y decadentes, como Humphrey Bogarts o Marlenes Dietrichs en una fiesta que ya ha terminado. Les veo desde el suelo, donde he despertado. Sus ojos, en efecto, están posados sobre mí con pasmosa indeferencia. Pronto continúan con sus quehaceres, su estudiada rutina, beber y fumar lentamente. Alguien susurra “otro nuevo”. Con torpeza me levanto del suelo. Por supuesto nadie me tiende una mano. Me sostengo a duras penas agarrándome a la barra y un camarero delgado como una flor muerta me sirve una copa sin decir nada. Le pego un trago: es mi bebida favorita, vodka con naranja y mucho hielo. Se me acerca una mujer madura, de párpados caídos, labios rojos cuarteados y velo sobre el rostro. Parece una viuda adicta al prozac. Fuma. “Supongo que no sabes donde estás”. Su voz suena lejana, profunda, y llega a mí como una locomotora arrasando las vías en el interior de un túnel. No, ni idea. Pero a pesar del desconcierto, me siento a gusto. Me gusta aquel lugar. “Estás muerta”, continúa, “aquí es donde venimos todos al morir”. No puede ser. No recuerdo haber muerto. Es decir, ¿ocurrió algo que me produjese la muerte? No se me ocurre. “Es normal que no lo recuerdes”, me dice una voz monótona, aburrida. Pertenece a un hombre vestido de traje azul oscuro, unos 30 años mal llevados, la corbata negra aflojada en el cuello, cabello engominado que ha perdido su peinado original. “Nadie lo hace hasta pasado un tiempo. No te preocupes, más tarde o más temprano vendrá a tí de repente y lo recordarás todo”. Estoy desconcertada, pero me siento tan bien que no puedo ignorar esta sensación. Sigo bebiendo, cada trago me hace sentir más tranquila, más relajada. Me voy mezclando con el ambiente poco a poco. Se me van acercando personajes, me dan la bienvenida, otros un toquecito en la espalda, otros me invitan a un cigarrillo. Ninguno muestra demasiado énfasis, van circulando unos detrás de otros y pronto vuelven a sus posiciones originales. Pasa un tiempo imposible de discernir, parece que los minutos al pasar dejasen sobre mi cabeza el rastro baboso y brillante de un caracol, pesado y viscoso. Al cabo de un rato, siento que llevase allí una eternidad. Conozco ya a todos los integrantes de la noche. Son mi nueva familia. El huesudo camarero sigue sirviendo copas, he perdido la cuenta. No me siento borracha, es más, cada vaso me aclara, me despeja. De repente, un sonido brusco en el piso de arriba. Nadie se inmuta, yo subo las escaleras corriendo. Hay un hombre de pelo largo y liso en el suelo, con convulsiones. Está a los pies de una mujer joven que viste unos afilados tacones. Se termina su pitillo con calma, al terminar se agacha a recoger al hombre convulso. Al ponerlo en pie es mucho más pequeño de lo normal, pero su cuerpo es adulto. Parece construido a escala. Sin dificultad, lo lleva hasta una puerta, la abre, y se distingue malamente un pasillo largo y estrecho, negro como la boca del infierno. Quizás lo sea. Lo empuja, y el hombrecillo se desliza, acompañado de extraños alaridos, pasillo abajo. La mujer cierra la puerta tras de sí, parece que vuelve a dirigirse a su asiento, pero entonces advierte mi presencia. Debo de tener los ojos como platos. Sin que yo le diga nada me suelta: “esto es lo que ocurre cuando un demonio que acaba de nacer se cuela en nuestro mundo. El cambio de plano astral les produce convulsiones, se vuelven inofensivos, pero no sufren. Lo que he hecho ha sido devolverlo a su mundo”. Bajo de nuevo las escaleras. Me siento en mi taburete, me sirven otra copa, enciendo otro cigarrillo. Ya soy una más en aquel pub irlandés. Le digo al hombre que tengo al lado: “si llego a saber antes que estar muerto es así, hace tiempo que me hubiese suicidado”.

sueñoensepia

1 comentario:

Dr. Dargor dijo...

Caray, que bien se te ha dado. Felicidades por un trabajo bien hecho, bonita :)