jueves, 30 de agosto de 2007

La muerte de Eduardo

Del hoyo no hacía más que salir una inmensa polvareda. Una mujer se llevaba el pañuelo a la boca para poder respirar mejor, el resto tan sólo se preocupaba de sacudirse la ropa en medida de lo posible. El polvo les cubrió a todos durante unos instantes. Las cuerdas estaban tirantes, se deslizaban entre aquellas ocho manos, que parecían no ser lo suficientemente fuertes como para aguantar el peso (quién lo iba a decir, él había sido siempre muy delgado) y del roce de esas cuerdas contra la tierra salía ese humo. Mientras el féretro se iba perdiendo en la oscuridad de la sepultura, algunos, tan sólo los más morbosos, se acercaban a mirar como desaparecía entre falsos sollozos, y el resto miraba fijamente al negro agujero. Incluso el cura, aunque este lo hacía por costumbre, así como también su gesto de aflicción. Poco después, los enterradores hicieron su trabajo. La comitiva fúnebre abandonó el lugar, despacio. En menos de una hora el cementerio quedó desierto.

Eduardo murió de una forma estúpida. Y solo, por supuesto. Solo como siempre había estado. Contaba con 44 años cuando la muerte le sorprendió, y hasta entonces había estado muy solo, pero siempre por voluntad propia. A su alrededor se movía un grupo de gente que se frotaba las manos cuando conseguían una palabra de él. Sabían que era solitario, pero también que, aunque pocos, tenía ciertos amigos, a los que muy de vez en cuando invitaba a beber a su antiguo caserón. Si conseguías ganarte su confianza era bastante probable que fueras llamado en mitad de la noche para acompañarle junto a varias botellas de ginebra. Sólamente cuando bebía necesitaba compañía, y siempre, sin excepción, acababa gimoteando sobre su soledad, completamente ebrio. A sus amigos les encantaba esta parte, porque inmediatamente a continuación sacaba un saco de monedas y lo colocaba sobre la mesa, a modo de agradecimiento por escuchar sus penas, y pedía encarecidamente a su invitado que lo aceptase. Podía ponerse muy violento de no aceptar, aunque esto tan sólo sabemos que ocurrió una vez. El resto de veces, el invitado se guardaba la bolsa cerquita del corazón y salía como alma que lleva el diablo. A la mañana siguiente, Eduardo jamás recordaba nada.

Seguramente la gente pensaba que Eduardo tenía un problema con la bebida, pero de tenerlo pasaría más tiempo acompañado. El único problema que tenía al beber era que no sabía controlarse una vez comenzaba, pero esto era muy ocasional. Él sabía que el alcohol sacaba a esa persona que había dentro de él que realmente le gustaba. Esa persona capaz de sentirse cómoda en compañía, capaz de hablar de su vida sin temores, esa persona extrovertida y habladora. Esa persona que nunca era cuando estaba sobrio, a la cual odiaba y repudiaba. Pero hiciese lo que hiciese, no podía hacer nada para evitar ser así. Temía a la gente, probablemente porque nunca se había encontrado con nadie honrado. Todos habían ido detrás de su dinero desde que iba a la escuela. Era una de las personas más ricas de la provincia, y era conocido por ello. Por nada más.

Unos días después de una de sus bacanales, descubrió que faltaban en el salón y en su dormitorio varios objetos de valor, como algunas piezas de plata e incluso en su ropero dos pares de zapatos nuevos. También notó como la cantidad de dinero que guardaba en casa había mermado. Le extrañó que alguien hubiese podido descubrir el agujero donde lo guardaba, por lo que la única sospechosa fue su sirvienta, por otra parte la única persona que tenía acceso libre a su dormitorio, dado que junto al mayordomo eran las dos únicas personas que servían en su hogar. La interrogó y ella lo negó todo, pero descubrió un anillo de plata en su mano. No sirvió de nada que ésta le asegurase que era un regalo de su esposo, a Eduardo le bastó como prueba para demostrar el delito. La despidió aquella misma noche.
Al poco de su partida, Eduardo no podía dejar de pensar en el tema, y de sentirse culpable. Y durante un segundo, la idea de que hubiese sido el mayordomo el ladrón pasó por su cabeza, y poco a poco comenzó a tomar forma. Tenía todas las llaves del edificio, así que podría haber sido él perfectamente. De nuevo en el salón interrogó al anciano, que como era de esperar lo negó todo. Pero observó atentamente a su nuevo calzado, y al verlo tan brillante le recordó a uno de sus pares hurtados. Cegado por la ira, lo echó rápidamente de su casa, sin tan siquiera comprobar si eran o no realmente los mismos zapatos. Al cerrar la puerta del recibidor, jamás se había sentido tan sólo en toda su vida.

En seguida preparó un par de vasos de ginebra y él mismo cogió el caballo y se personificó en casa de uno de sus amigos, el que más cerca vivía. Este aceptó la invitación encantado a pesar de ser altas horas de la madrugada.
Al llegar al salón, Eduardo comenzó a beber sin medida. Su amigo se acomodó en uno de los sillones preparado para el espectáculo dantesco que estaba a punto de presenciar. Pero no sucedió. Eduardo se sentó en otro sillón frente a él, y mirándolo fijamente, cada vez más borracho, iba dándole sorbos a la bebida. Su expresión era aterradora, y la luz del fuego de la chimenea no hacía nada para dulcificarla, todo lo contrario. Sólo apartaba sus ojos de su acompañante para servirse más ginebra y para bebersela. Su amigo estaba horrorizado. Deseaba que le tragase la tierra.
Al poco, ya con varias gotas de sudor frío bajando por su frente, hizo un ademán de incorporarse para largarse de allí cuanto antes, pero Eduardo le susurró con voz amenazante que no se moviera del sitio. Tragó intentándo deshacer el nudo de su garganta, pero era imposible, estaba realmente acongojado. Poco a poco, la persistencia de la mirada de Eduardo fue perdiendo fuerza a cada trago, hasta que su cabeza cayó rendida sobre su pecho. El amigo, temeroso, se acercó a comprobar si dormía, y se encontró con dos lágrimas que caían por sus mejillas. No estaba dormido, estaba borracho y lloraba.
Dado que esa noche no había soltado ni una moneda, y había alguna deuda que pagar, decidió inspeccionar un poco el caserón, a ver que podía llevarse de valor sin levantar demasiada sospecha, algo pequeño, se dijo, no como la anterior vez que había sido un poco osado llevándose hasta calzado. Entró en el dormitorio, que ya conocía, y comenzó a inspeccionar. Miró debajo de la cama, encima de los muebles, entre los libros, en todos los cajones, y no encontró nada en efectivo. Abrió un armario, miró entre la ropa, y mientras rebuscaba golpeó una de las puertas, que a su vez golpeó uno de los cuadros que estaban colgados en la pared. Este se movió lo suficiente como para dejar entrever que detrás de él había un espacio hueco. En ese espacio hueco, varias bolsas de monedas.
Los ojos se le iluminaron como estrellas, y comenzó a guardar bolsas donde buenamente podía, total, había tantas que no se daría ni cuenta. Ilusionado por haber descubierto su filón de oro, colocó cuidadosamente el cuadro en su sitio y cerró con cariño la puerta del armario, besándola por haberle ayudado a descubrir tan magno tesoro. Contento, se giró dispuesto a huir de allí cuanto antes, pero en lugar de avanzar retrocedió de un brinco. Allí estaba Eduardo, junto al marco de la puerta, mirándolo fijamente de nuevo, con su mirada abrasadora, penetrante y enfurecida. A penas pudo emitir sonido alguno, sólo retroceder cada vez más, mientras le caían las bolsas que llevaba en las manos. Cuando se topó con la pared que le impedía huír, Eduardo comenzó a caminar hacía él lentamente, sin mediar palabra, con la rabia cada vez más impresa en su rostro. Desesperado, la única salida que encontró fue una de las ventanas, y sin pensarselo dos veces, la abrió apresuradamente y saltó por ella. La altura no era demasiada, así que tras el leve impacto, comenzó a correr como alma que lleva el diablo. Muchas de las monedas que llevaba se cayeron en el jardín.

Eduardo miró a su alrededor y se volvió a ver sólo. La estancia estaba muy oscura, tan sólo iluminada por un par de candelabros pequeños y la luz de la luna, que aquella noche brillaba espléndida. Abatido y ebrio, se dejó caer sobre la alfombra, y no pudo evitar comenzar a llorar desesperado. Entre gemido y gemido vislumbró un saquito de monedas sobre el suelo, y algunas otras sueltas. "Maldito dinero", se dijo, "sucias ratas, sólo os acercais a mi por el maldito dinero". Y se llevó una moneda a la boca. Y se la tragó. "A ver si ahora me dejais en paz, sucias ratas", y siguió comiendo. Cuando llevaba media bolsa, comenzó a vomitar. Una de las monedas regurgitadas se le atragantó y murió asfixiado.

Así murió Eduardo. Asfixiado por vomitar monedas. Que muerte tan estúpida.

Cuando levantaron su cadáver no encontraron el dinero que faltaba. Ni en el hueco de la pared de detrás del cuadro, ni sobre la alfombra, ni en el jardín. No había absolutamente nada en ninguna parte, ni indicios de la identidad del posible ladrón. Lo único que encontraron, además del cadáver, fueron los vasos aún con ginebra en el salón.

A su entierro tan sólo acudió una hermana mayor con la que llevaba años sin relacionarse, el mayordomo y la sirvienta. Sus amigos poco pudieron imaginar que el último de sus regalos lo escondía en el estomago. De haberlo sabido, seguro que hubiesen acudido todos y cada uno de ellos.

3 comentarios:

Losselith dijo...

me gusta el estilo del relato :)

la dirección del salmón dijo...

Hola!

Buenas fotos las del flicker antes de nada.

Me conocerás mejor por "truxa" en el livejournal. Aunque ya no escriba sí que sigo navegando de vez en cuando. Me ha gustado el relato ¿es tuyo?

Un saludo.

Horror Vacuii dijo...

Hola Loselith, gracias por pasarte y quedarte a leer ;)

Truxa, si que te recuerdo, aunque hace muchisímo que no posteas. Me alegro de que te haya gustado las fotos y el relato, que si, es mío.

Un saludo para ambas, pasaros más a menudo ;)